Sí, ya os lo digo… soy una zorra. Antes que nadie me lo diga, lo digo yo: soy una auténtica calientapollas. Me encanta poner cachondos a los tíos. Sé que habrá machos empalmándose cuando lean esto, imaginándome, deseándome. Me imaginarán y me desearán. Y menearán sus rectas pollas con sus manos pensando que son las mías. O que es mi boca la que traga y destraga sus recios trancos, llevándolos al extremo placer que proporciona una buena mamada. Me gusta que me imaginen y deseen así. Me excita saberlos calientes, sus pollas calientes, sus manos cerradas sobre el carajo, subiéndolo y bajándolo hasta correrse con mi nombre entre sus labios. Sí, una calientapollas, una zorra calientapollas. Me gusta serlo. Me gusta meterme y dominar los pensamientos y deseos de los hombres. Me gusta ser deseada, que piensen en mí, que me imaginen siendo follada por ellos, de todas las formas y maneras posibles.
No daré muchas pistas sobre mí. Mejor que cada cual me imagine como prefiera. O que me vayan recreando a medida que lean mis historias. Yo me gusto y eso es lo más importante. Y creo que gusto a los hombres… y a algunas mujeres con las que he compartido algo más que confidencias. No me considero bisexual en cuanto a sentimiento. Quiero decir, no creo que nunca me enamorara de una mujer. Pero sí creo en el sexo sin amor. Y ha habido niñas que me han follado mejor que muchos hombres. Pero bueno, a lo que iba. Creo que gusto, que atraigo físicamente. Estoy orgullosa de ser mujer y de mi cuerpo de mujer, al que considero no le sobra ni le falta nada. Me gusta mi cuerpo y me gusta darle placer a mi cuerpo de hembra en celo. Soy una putita redomada. Y difícilmente habrá alguien que me dome.
Adoro las pollas. No soy elitista en cuanto al tamaño pero sí en cuanto a la calidad. Una polla pequeña pero intensamente dura puede generar sensaciones inenarrables. Sobre todo en la boca y en el culo. En el coño prefiero las pollas gruesas, devastadoras, que se clavan hasta las entrañas. Pero por puro fetichismo. En realidad, el placer no depende del tamaño y sí de la potencia. Me encantan los machos que me hacen gozar durante mucho tiempo, que son capaces de penetrarme largamente, que no consienten en correrse antes de que yo me haya corrido. Adoro que me den placer, que sepan darme placer. Y adoro darlo.
Muchos me han dicho que como pollas como nadie. En realidad no suelo hacerles mucho caso, porque seguro que eso se lo acabarán diciendo a todas. No sé si las como mejor que nadie. Pero sí estoy convencida de que a nadie le gustá más comerse una polla que a mí. Siento debilidad por esos trozos de carne colgantes que crecen y se endurecen con el simple roce de mis labios y de mi lengua. Me gusta cómo huelen, cómo saben, cómo palpitan en esos instantes previos a la descarga chorreante de la leche caliente y agridulce. Sí, soy una tragapollas insaciable, aunque acabe saciada, exhausta y jadeante después de un buen polvo.
Nunca me había planteado escribir historias picantes aunque sí que he leído muchas que me han excitado enormemente. Voy a poner punto y final a esta especie de confesión íntima y a hacerla pública, confiando provocar en quien me lea el intenso deseo de follarme. Me sentiría feliz si con estas breves líneas he conseguido poner caliente a algún macho con la suficiente capacidad de imaginación para cerrar los ojos y recrear en su mente la imagen de una mujer que se sabe zorra y que le gusta serlo, desnuda y mojada, a punto de empezar a masturbarse imaginando que ha logrado calentar las pollas de muchos tíos que, al leerla, no pueden evitar pajearse deseándola, deseando ardientemente domarla, someterla, penetrarla, inundarla de leche caliente y agridulce.
¿Eres tú uno de ellos?